domingo, 11 de diciembre de 2011

Televisión: agente educativo/agente socializador

El gran debate social que supone la televisión podemos escucharlo a diario, ¿la televisión se refleja como un agente socializador o educativo? Muchas son las diversas opiniones sobre esta cuestión. Todas ellas son valoradas y respetables, pero para aclarar esas pequeñas dudas existentes, a continuación mostraré información sobre diversas formas de ver la televisión.
       En el caso de ver la televisión como agente socializador, hemos de entender primero qué es socialización. La socialización es un proceso a través del cual los individuos aprenden e interiorizan las normas y los valores de una determinada sociedad y cultura específica.
Este proceso es posible gracias a la acción de los agentes sociales, de los cuales, los más importantes son la escuela y la familia, aunque no son los únicos, como los medios de comunicación.
La televisión es un agente socializador al igual que la familia, la escuela o la pandilla. Junto a otros medios de comunicación contribuye a modelar la conducta del niño, de forma que puede ser para el desarrollo de éste un freno o una promotora de cambio.
          Si viésemos la televisión como un agente educativo, en esta ocasión, también deberíamos analizar con anterioridad qué es educar. Según el diccionario de la RAE, educar es la información que nos proporciona una serie de conocimientos necesarios para manejarnos en la sociedad dependiendo de para qué lo hagamos y con qué finalidad.
           La televisión y la educación han vivido en sus últimas décadas una relación de pareja desavenida, más girada al desencuentro e ignorancia que a la relación cordial. Sin embargo, esta constatable realidad no nos impide ser firmes partidarios de la necesidad del “encuentro” entre dos mundos que tienen mucho más en común de lo que pensamos. Televisión y educación viven espacios compartidos y sus posibilidades de cooperación y enriquecimiento son tan potenciales como escasas en la realidad.
          
En los últimos años se ha vivido en España un proceso gradual, constante y persistente de deterioro de los contenidos televisivos. La oferta programática se ha transformado en un espejo maléfico en el que las cadenas se han observado entre sí para copiarse. La televisión ha mostrado sin pudor en los últimos años qué es lo que más le apasiona: “hacemos televisión para vender publicidad”, afirmaba en una entrevista Alejandro Salem. Este modelo televisivo que pretende desentenderse de cualquier otra función que no sea la búsqueda del crédito económico máximo y que se esfuerza por deslindar cualquier responsabilidad social, cultural o educativa.
El estado paupérrimo de los contenidos televisivos a los que nos hemos tenido que habituar y el griterío a todas horas, nos hacía reclamar una televisión con unos contenidos que fueran pro-educativos, que fueran capaces de restituir todo aquello que hace que una televisión pueda ser entretenida sin recurrir a la grosería más absoluta.
La televisión es sinónima de pensamiento único, confunde comunicación e información, no tiene en cuenta la diversidad cultural, se interesa poco por las gentes o por situaciones auténticas, por el compromiso social o por la ciudadanía responsable. Prefiere los estereotipos y los prejuicios a las representaciones matizadas.
La aparición de la televisión supuso por una parte una revolución no sólo del sistema social, económico y político mundial, también del sistema educativo en particular. Representó una ruptura con los tradicionales medios de comunicación que hasta el momento existían.


Ambas informaciones son razonables pero contradictorias a la vez. Hoy en día, pocos programas son educativos por la existencia de multitud de temas inadecuados para los niños y adolescentes.
Como conclusión a este tema, considero que la televisión vende sin más, importándole poco si la programación visionada es educativa o no. Es más un producto comercial que un medio comunicativo en sí.

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